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jueves, 12 de septiembre de 2013

La Entrega

Ahí estaba yo, observándolos a todos detenidamente, cada quien en lo suyo, riendo, conversando, leyendo, comiendo o bebiendo café como yo. Cada uno me llamaba la atención por separado y hacían aflorar sentimientos en mí según la acción que cada uno realizaba. ¡Cómo son las cosas!, mientras yo me dedico a prestarle atención a una docena de desconocidos para todos soy invisible. No soy un hombre que llame mucho la atención y sin duda tengo la particularidad de ser invisible al ojo humano. Cuando la gente por fin me ve, casi siempre dura poco y nunca nos volvemos a ver, algunas veces les veo de nuevo, pero sucede solo en mis sueños, sueños que rara vez recuerdo.
Hoy estoy aquí por menesteres ajenos a mis intereses, no me gusta el lugar pero en alguna parte debía estar. Me iré en un par de días con suerte mucho antes.
La camarera me ve ya con desconfianza, vine desde muy temprano y siendo ya medio día sigo aquí con una mesa llena de tazas vacías de café, suena raro pero por alguna razón que yo mismo desconozco me gusta conservar en la mesa las tazas de café que he bebido, me mantiene tranquilo verlas frente a mí y a las personas que me ven parece incomodarles, ya llevo cinco y pronto serán seis.
Me gustan los ojos de la chica que está sentada junto a la ventana, tiene una mirada única y parpadea diferente, el color azul le sienta bien al chico que le acompaña, el hombre sentado en el banco en la mesa de junto lee rápido el periódico y bebe lento el té, los enamorados que se besan después de cada bocado me ponen nervioso o quizás es envidia, hay una familia en la mesa del fondo, papá y mamá conversan mientras los niños no paran de corretear entre las mesas y el más chiquillo tira al suelo la mitad de lo que se lleva a la boca, me pregunto -¿Qué pensaran de mi?
Ya viene la sexta taza, amo el café humeante, me hace despertar y pensar con claridad, esta será la última que beba, debo seguir mi camino, para encontrar donde resguardarme de la lluvia inminente que el cielo anuncia vistiéndose de gris, no me gusta la lluvia y me atemorizan los rayos y relámpagos, y mojarme sin traer un muda de ropa es lo peor que pueda pasarme. Sí, soy un viajero sin equipaje, lo que traigo a cuestas en este bolso viejo de lona no es algo que me pertenezca, es algo que vengo a entregarle a Mirna.
Me gusta pagar las cuentas con monedas, pongo dentro de cada taza el valor del café, eso lo hago por diversión como un sello de mi presencia que de seguro recordará la camarera haciéndole imposible olvidar mi rostro, eso sí, no le dejaré propina, su ceño fruncido me inquietó de tal manera que no me sentí cómodo.
Hace frío, debo caminar rápido, según el hombre del puesto de revistas hay una  pequeña posada a unas cuadras de aquí, debo asearme antes de la entrega, me veo como un vagabundo. El mismo hombre al leer el papel donde traigo escrita la dirección de Mirna me ha dicho que está cerca también, así que estoy de suerte, esta noche iré y mañana me marcharé de aquí. Por lo pronto me apresuraré pues empieza a lloviznar.
Nada como una ducha caliente, no está nada mal esta habitación, es mejor de lo que pensé. Vaya si Mirna va a sorprenderse al verme, no lo imagina, debo confesar que dudo que salte de felicidad pero he hecho este largo viaje solo por ella, nuestro adiós se fechó para siempre pero había algo pendiente y vengo por ese único motivo, yo tampoco la amo más pero son esas cosas locas de la vida que se tienen que hacer por una razón desconocida, es algo que va más allá de nuestra comprensión.
Odio los caminos empedrados, entre tropezones y rocas filosas mis pies sufren a cada paso, ¡qué callejón tan oscuro! A penas si veo las numeraciones de las casas, que frondosa buganvilia, me gusta, ¿será rosa o violeta? Y de seguro ese gato pardo es blanco, la noche con esta luz de luna tan intensa hace ver todo diferente, me pregunto -¿Cómo se verían los ojos de la chica de la cafetería bajo esta luz de luna?
¡Aquí es! Que puerta tan vieja, ¿o he de decir antigua?
Espero que no esté durmiendo ya,  aunque he tocado con tal fuerza que sin duda despertará. Una luz se encendió, es ella, no lo dudo.
Creo que no me reconoció a primera vista, ¿será la luz de la luna que empalideció mi rostro convirtiéndome en un desconocido para ella?
Al decirle mi nombre su rostro cambió y la amabilidad de su saludo también, antes de que dijera algo me pidió que me marchara, no quería saber de mí, pero yo tampoco de ella.
Rogué por unos minutos que al final me concedió a regañadientes, le expliqué que no regresé por su amor ni nada parecido, que después de mucho tiempo de pensar y pensar quise traerle algo que en aquellos días presumía de suyo y que sin duda extrañaba. Su expresión se distorsionaba a medida que yo hablaba y más de una vez me pidió que bajara la voz para que sus padres no escucharan.
Sabiendo que mi tiempo era corto y el deseo de marcharme de ese lugar me hicieron ir al grano.
Le dije entonces que llevaba conmigo el motivo de mi derrota y  su posesión mas anhelada, que habiéndolo dejado a cientos de kilómetros atrás yo como un buen perdedor se lo traía a sus manos.
Tomé el bolso viejo de lona, estaba sucio, húmedo y no olía nada bien, esperaba que ella comprendiese que el  viaje había sido largo y el clima castigador. Lo tomó con cierto asco y se negó a abrirlo, y yo que deseaba marcharme me desesperaba al ver su negativa, empezó a llorar y sostenía el bolso frente a ella, y entonces me di cuenta que soy pésimo para envolver obsequios, el bolso empezó a gotear un liquido que gracias a la oscuridad y a la luz de luna era de un color difícil de definir. Mirna por fin asomó sus bellos ojos canela que se veían negros y temerosa abrió el bolso, su grito sin duda despertó a sus padres y al vecindario entero.
¡Vaya si es una locura, no la comprendo!  ¿Por qué ha reaccionado así?  Un desmayo por de más incomprensible  y ese golpe en la cabeza le dará que hacer mañana ¿No era el corazón de Ignacio lo que más deseaba en esta vida?