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martes, 7 de enero de 2014

La Frase


Tristemente no podía ver más allá de mi alegría marchita, el saber y el olvidar, la confusión de una realidad fantasiosa y lo poco o mucho que se puede cambiar de la vida y del destino, si es que este último existe.
Cada fémina se convirtió en una potencial enemiga, todas y cada  una tenían ese rostro que no conocía pero  que se parecía tanto al de  ella que fácilmente las confundía. Cada palabra era una duda que flotaba en mi mente, el silencio se apoderó de mi boca mas en mi mente el eco de cada idea y pensamiento hacían que fuese insoportable la cantidad de murmullos y balbuceos necios que me quitaban hasta el sueño.
Yo me rehusaba a seguir así, ideé cientos de formas para cambiar el rumbo de las cosas, sin éxito aparente. Mi especial forma de ser y pensar acompañados de mis fieles malas amistades el odio y la ira no me dejaban pensar con claridad, menguaban mi buena voluntad burlándose de ella y haciéndola retroceder.
Esa mañana desperté con una frase en mi cabeza “tu reloj dejará de dar la hora cuando se vaya mi cordura”. No recordaba haber soñado nada relacionado con esa frase, le busqué una razón, como siempre hago con los sueños extraños ¡y vaya si he tenido sueños raros!, pero nada parecía tener lógica para mí. Pasaron los días y la frase siguió allí tal y como los demás pensamientos torturadores que tenía, hasta que ese día se fusionaron.
Alrededor de las tres de la tarde con ese cielo azul maravilloso y ráfagas de viento fuertes como mis ataques de rabia arrebataban el polvo del suelo, en ese magnífico momento de soledad y ausente lucidez encontré el significado oculto de aquella frase misteriosa y fue allí cuando mi corazón enfermo encontró su cura.
Aquel dolido amor silenciado por la pena vengaría la muerte de su ilusión y había ya establecido su objetivo y la manera.

Su reloj daba la hora como de costumbre, disfrutaba de los placeres que la vida le daba a manos llenas, no tenía frío y sonreía como un niño frente a su postre favorito, las horas pasaban  y con cada campana que oía a lo lejos veía su reloj como una reacción en cadena, no sé por qué lo hacía, probablemente rectificaba tener la hora correcta o tenía alguna prisa oculta.
Yo me veía en el espejo, yo también rectificaba algo, quería cerciorarme que yo no me parecía en nada a ella.
Sus manos estaban heladas y las mías ardían. Se levantó abruptamente dejándome intrigada.

Caminé tras él con la misma prisa, estaba exhausta pero las voces de las ideas, sentimientos y pensamientos en mi cabeza  me animaban a seguir adelante, mi corazón por alguna extraña razón se avivaba, llegamos a un lugar en el que jamás había estado. Lo vi ver de nuevo su reloj y disfrutar de  unos seductores segundos, yo volteé a ver dándome cuenta que la cordura se había quedado varios metros atrás y supe que era el momento.
Vi entonces el rostro que me perseguía a diario, sentí con más intensidad el dolor que me acongojaba desde hacia tanto y la única luz que quedaba en mis adentros se apagó con el último resuello de mi alma herida. Entonces el placer fue mío, mi más grande fantasía se hacía real frente a mí, las campanas sonaban y alimentaban la  caótica lujuria del momento, había en mi algo que ni yo sabía dominar y proseguí…

Eran las once de la noche cuando su reloj se detuvo, Salí de allí y ya nadie se le parecía, todas lucían diferentes y  yo habiendo refrescado mi sedienta necesidad de justicia en el mar rojo que emanaban sus corazones traicioneros, sentía como mi ser marchito retoñaba dibujando una ligera sonrisa en mi rostro.
Y a la cordura… no la volvía a ver jamás.