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jueves, 28 de marzo de 2013

REMEDIO

Y fue así como supe que existía, nada es real hasta que te toca.
El viento era fuerte, cada ráfaga fugaz se llevaba un recuerdo y el frío que inmisericorde helaba mis huesos congeló  mi última esperanza.
La noche estaba próxima como lo estaban las lágrimas en mis ojos, mi corazón latía fuertemente recordándome que aun vivía, pero yo que de la necedad suelo aferrarme, le ignoraba.

Traté inutilemente de desviar mis pensamientos caminando en diferentes direcciones, quizás -pensé- que al ver las pintorescas imagenes que el mundo ofrece cambiaría mi manera de ver las cosas en ese momento, lo hice, las aprecié, pero lo que cambió sin duda, como es siempre en mi caso fue que el hecho de ver despertó en mi la obsesión de obtener aquello que vi a toda costa.
La verde llanura, la cálida tarde vestida de celajes de oro, las hermosas flores con su belleza innata, las aves con su armonioso canto y así cada detalle de la estampa podía perder cuidado, nada de eso me interesó o siquiera captó mi atención, no era eso lo que quería, era aquello que jamás vi antes en mi camino y que dudé que se cruzase ante mí alguna vez.
Regresé entonces a mi realidad con un nuevo propósito, una nueva idea que junto a las cientos de miles más que habitaban en mí me mantendrían ocupada durante un buen tiempo.

Llené de desvelos mis noches alternando mis pesares y mi nueva obsesión acumulando una extensa cantidad de hipótesis por comprobar.
Aquella tarde, no salía de mi mente y por momentos me sentía afortunada de haber pasado por allí, otras veces, renegué y  maldije la hora en que se me ocurrió despejar mi mente con ese paseo.
Decidí un buen día, uno de esos lluviosos en los que suelo meditar, que era hora de actuar.
Disimulé mi rostro nervioso en el espejo con un  gesto de convicción y retoqué mis mejillas con colorete rosa y salí.
La calle tenía un aspecto extraño, el cielo estaba gris y no había rastro de la calidez que buscaba. Llegué al parque con los zapatos enlodados y el labial corrido. La escena que veía no era la que esperaba, no estaba eso por lo que había ido y por el contrario un paisaje desolado como mis propios adentros se presentaba ante mí recordándome el infortunio y la desdicha. Estaba segura que era una de las típicas injusticias de la vida, una burla del destino... y enloquecí.

Me quedé allí parada cual estatua griega, pálida y fría, sentía como esa rabia recorría mis venas llenándome de una ansiedad desmedida, nadie parecía notar lo que me ocurría, pare ellos era algo invisible, de pronto en medio de aquella tormenta interna escuché a lo lejos algo que capturó mi antención en su totalidad al grado de hacerme mover la vista de lado a lado. ¡Eureka!
Sin hacer el mayor gesto de interés caminé lentamente hacia una banca que estaba junto a un frondoso árbol de jacaranda en flor, me senté y relajé mi rostro dibujando en él una falsa serenidad y una sincera sonrisa. Pasó frente a mí el preciado motivo, mi obsesión, y se posó a pocos metros dejándome observar sin ser descubierta.
Las nubes grises se fueron desapareciendo y el sol reinó en el parque tal como ese día. Le veía con detalle, el viento me llevó su aroma dulce y cada palabra que escuché se grabó en mi mente. Parecía no importarle el tiempo y a mí tampoco, el viento helado y recio que traía la tarde no lo ahuyentó y yo también me quedé.
Por instantes me sentía feliz y por otros recordaba mis tristezas y olvidaba mi objetivo. Al caer la noche aun permanecíamos ambos en nuestros sitios, la luna iluminaba su rostro dándole una profundidad inmensa en la que  me hundía, mientras yo permanecía en la oscuridad confundiéndome con las sombras nocturnas.
Escuché a lo lejos las campanadas del reloj de la plaza, eran las diez, dejé a un costado mis penas y temores y fuí por lo mío. Mientras me acercaba a paso lento, pude ver la total y máxima expresión del amor y la pasión, me acerqué tanto que la luz también me iluminó a mí y pude escuchar algunas palabras y sonidos que me estremecieron. El desconcierto invadió su bella expresión y en el mío se reflejaba el deseo y la certeza, parecía que el tiempo se hubiese detenido, por un instante dejé de pensar en el dolor y el vacío que apresaban mi alma y solo pordía pensar en ese sentimiento que me cautivó hacía unos días en ese mismo lugar.
Saqué el cuchillo que mantuve oculto en el cinturón de mi vestido favorito, lo había afilado la noche anterior por si acaso mientras luchaba contra el insomnio que se apoderaba de mis sueños, brillaba tanto y destellaba con la intesa luz de la luna y de sus ojos. No había pronunciado ni una sola palabra, solo el viento susurraba, pero no podía entender lo que decía. Ante mis pasos que avanzaban, los suyos retrocedían y se alejaban, comprendí que el momento había llegado, si le deseaba tanto no podía perder más tiempo. Cerré por un instante los ojos que me pareció eterno, lo vi todo, yo sonriente de su mano sintiendo por fin la sangre que corría tibia y llenaba cada espacio vacío de mi ser con eso que jamás sentí.
Ahora sabía que existía a pesar de mis dudas del pasado, no lo dejaría escaparse, irse de mi lado llevándose mis esperanzas renaciadas, remediaría todo entonces le tomé del cabello sedoso, su perfume impregnó mi mano, halé con fuerza hacia atrás llevando se vista al cielo, quise que su última imagen fuese ese firmamento estrellado que me parecía tan romántico y que sin duda sería su próximo hogar. Empuñé el cuchillo y dejé correr su sangre por su delicado cuello, caminé hacia él que me veia con sus grandes ojos, tiré el cuchillo y le abracé.
"Nada es real hasta que te toca" me repetí una y otra vez entre sus brazos.

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