Tristemente
no podía ver más allá de mi alegría marchita, el saber y el olvidar, la confusión
de una realidad fantasiosa y lo poco o mucho que se puede cambiar de la vida y
del destino, si es que este último existe.
Cada
fémina se convirtió en una potencial enemiga, todas y cada una tenían ese rostro que no conocía pero que se parecía tanto al de ella que fácilmente las confundía. Cada palabra
era una duda que flotaba en mi mente, el silencio se apoderó de mi boca mas en
mi mente el eco de cada idea y pensamiento hacían que fuese insoportable la
cantidad de murmullos y balbuceos necios que me quitaban hasta el sueño.
Yo
me rehusaba a seguir así, ideé cientos de formas para cambiar el rumbo de las
cosas, sin éxito aparente. Mi especial forma de ser y pensar acompañados de mis
fieles malas amistades el odio y la ira no me dejaban pensar con claridad,
menguaban mi buena voluntad burlándose de ella y haciéndola retroceder.
Esa
mañana desperté con una frase en mi cabeza “tu reloj dejará de dar la hora cuando
se vaya mi cordura”. No recordaba haber soñado nada relacionado con esa frase,
le busqué una razón, como siempre hago con los sueños extraños ¡y vaya si he
tenido sueños raros!, pero nada parecía tener lógica para mí. Pasaron los días
y la frase siguió allí tal y como los demás pensamientos torturadores que tenía,
hasta que ese día se fusionaron.
Alrededor
de las tres de la tarde con ese cielo azul maravilloso y ráfagas de viento fuertes
como mis ataques de rabia arrebataban el polvo del suelo, en ese magnífico
momento de soledad y ausente lucidez encontré el significado oculto de aquella
frase misteriosa y fue allí cuando mi corazón enfermo encontró su cura.
Aquel
dolido amor silenciado por la pena vengaría la muerte de su ilusión y había ya
establecido su objetivo y la manera.
Su
reloj daba la hora como de costumbre, disfrutaba de los placeres que la vida le
daba a manos llenas, no tenía frío y sonreía como un niño frente a su postre
favorito, las horas pasaban y con cada
campana que oía a lo lejos veía su reloj como una reacción en cadena, no sé por
qué lo hacía, probablemente rectificaba tener la hora correcta o tenía alguna
prisa oculta.
Yo
me veía en el espejo, yo también rectificaba algo, quería cerciorarme que yo no
me parecía en nada a ella.
Sus
manos estaban heladas y las mías ardían. Se levantó abruptamente dejándome intrigada.
Caminé
tras él con la misma prisa, estaba exhausta pero las voces de las ideas,
sentimientos y pensamientos en mi cabeza me animaban a seguir adelante, mi corazón por
alguna extraña razón se avivaba, llegamos a un lugar en el que jamás había estado.
Lo vi ver de nuevo su reloj y disfrutar de unos seductores segundos, yo volteé a ver dándome
cuenta que la cordura se había quedado varios metros atrás y supe que era el
momento.
Vi
entonces el rostro que me perseguía a diario, sentí con más intensidad el dolor
que me acongojaba desde hacia tanto y la única luz que quedaba en mis adentros
se apagó con el último resuello de mi alma herida. Entonces el placer fue mío,
mi más grande fantasía se hacía real frente a mí, las campanas sonaban y
alimentaban la caótica lujuria del
momento, había en mi algo que ni yo sabía dominar y proseguí…
Eran
las once de la noche cuando su reloj se detuvo, Salí de allí y ya nadie se le parecía,
todas lucían diferentes y yo habiendo refrescado mi sedienta necesidad de justicia en el
mar rojo que emanaban sus corazones traicioneros, sentía como mi ser marchito retoñaba dibujando una ligera sonrisa en mi rostro.
Y
a la cordura… no la volvía a ver jamás.