Ni la intensa lluvia apagaba las llamas que
por dentro le consumían. El viento se llevaba
la cordura y traía consigo el dolor de los
recuerdos.
Su corazón roto que yacía en su pecho emanaba
tal tristeza que hasta la luna lloraba… y yo también lloré al verle, sufrí al ver
su sonrisa desvanecerse y caer como ave al vuelo la esperanza. Se congeló su
gesto amargo y juró frente a mí no volver a amar jamás.
La noche era la más fría que recordaba, las
velas de la época hacían su mayor esfuerzo para entibiar su espíritu pero no
tuvieron éxito, y los cánticos que a lo lejos se escuchaban armonizando la alegría
ajena fueron también testigos de su llanto inagotable.
Terminó muriendo al fin la ilusión de su
existir y pedía de rodillas por el fin de sus días, despojada de lo que amó y
cultivó con tal esmero.
Un inmenso remolino de sucesos se llevó su
suerte – me decía- convirtiéndola en un ser vacío, un ser cuya luz se apagó
como la última vela de aquella noche.
Llegada la media noche me acerqué a ella,
sequé sus frías lágrimas y le consolé en silencio.
Nada sería igual- apesarada repetía-
Pasado el tiempo aun el dolor la consumía más
después de un largo suspiro se puso de nuevo en pie y caminó segura, arrancó
del calendario el mes de su pena y me volteó a ver con sus ojos empañados y me
dijo – jamás, ¡lo juro! Y yo le creí…


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