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martes, 3 de diciembre de 2013

Un cuento sin Hadas



Había una vez hace  poco tiempo, en un lugar bastante cercano,  carente de belleza y sobrado lúgubres escenarios, una mujer de gruesa figura, de tez morena y pálidos labios, con la juventud borrada del rostro y con señales de inmensa pena, paseándose por el jardín de su cautiverio una mañana húmeda y fría..
No vivía en un castillo y jamás fue hermosa, dejó de ser una chica soñadora hacía mucho tiempo. Recordaba esa mañana mientras contemplaba las rosas marchitas del jardín el ayer tan presente en su hoy.
Si la hubiesen visto antes, en aquel entonces cuando relucía cual estrella del firmamento, con las ilusiones a flor de piel y  con ese  “felices por siempre” siendo su anhelo y su razón de ser. Pero ese final nunca llegó,  probablemente porque sus gruesos pies jamás dejaron caer la zapatilla o quizás porque nunca tuvo un par de zapatos de cristal, no tuvo más hada madrina que la soledad y temerosa de dormir para siempre  jamás si quiera quiso comer una dulce manzana.
Se le helaba el cuerpo, su cabello se enredaba con el viento y ella se alejaba más, tanto que salió del jardín y se dirigió al bosque. Camino largo tiempo no dejó migas para recordar el camino a casa,  tampoco la seguían los tiernos animalitos del bosque, ni las aves cantaban a su alrededor, continuo su camino, cualquiera que la hubiese visto hubiese pensado que sabía a dónde se dirigía.
La tarde cayó, el cielo se tornó entre violeta y gris, se topó con un camino que la llevó a una casa, no era ni pequeña ni de galletas y caramelos pero aun así atrajo su atención, la casa parecía estar abandonada desde hacía mucho al menos eso fue lo que pudo divisar al asomarse por la ventana.
Se sentó después de inspeccionar un poco en la mecedora vieja que estaba a un costado de la puerta, se mecía con la vista puesta en el camino que la había llevado hasta allí. Y entonces inesperadamente la  entrada triunfal del príncipe azul que la buscaba con la ansiedad de un enamorado, de pronto su vestido andrajoso se convirtió en el más reluciente de los vestidos de princesa, sus sandalias en unos finos zapatos, su piel se aterciopeló, su cabello tenía la suavidad de la mismísima seda y no digamos su rostro, radiante y feliz. Su corazón latía al máximo, volteaba a ver si algún hada del bosque, quien escondida entre la flora del lugar había visto su  desdicha y armándose de su magia había hecho ese milagro, pero no vio nada. Solo a ese caballero con un porte elegante y varonil acercándose en su corcel blanco de gallarda presencia. El hombre de sus sueños alumbraba intermitentemente el camino a su amada, parecía que se tardaba una eternidad.
-¿Qué hacéis allí? – Preguntó el hombre de voz grave-  
Ella no supo qué constar estaba tan nerviosa que solo pensaba en acomodarse el cabello y en pellizcar sus mejillas.
El caballero por fin llegó hasta donde estaba ella y se le quedó viendo por un instante como si estuviese hechizado o impactado.
-          Este no es el lugar para vestir de esa manera, te enfermarás con el frío que hace – le dijo- poniéndole la capa que se había quitado instantes atrás.
Aun en la oscuridad se pudo ver su rostro sonrojado tras la acción del hombre y más aun cuando él le tomó de la mano y la invitó a subir a su caballo con la intención de marcharse y llevarla lejos de allí.
Mientras iban por el camino ella lo abrazaba tan fuerte que podía sentir sus latidos y su respiración como si fuesen suyas, ni el aullido de los lobos y el canto tenebroso de las lechuzas la perturbaban.
-¡Hemos llegado!- gritó su héroe -
Ambos se bajaron del corcel que resoplaba por el esfuerzo reciente. Ella desarrugaba su vestido y se peinaba de nuevo, él hizo una seña al viento. Volvió a tomar sus manos y la vio fijamente como buscando algo perdido en su mirada.
Tomó su mano pero esta vez puso algo en ella y después de una reverencia se despidió. Ella no lo comprendía mientras inmóvil observaba como se marchaba su príncipe encantador sin haberle dando  siquiera un beso o prometido su eterno amor, la señal al viento trajo consigo a una mujer de dulce rostro quien la abrazó y la condujo de nuevo al jardín.

Fue entonces cuando pareció despertar, estar de nuevo en el jardín la hizo ver que todo fue tan solo un acto cruel de la sobriedad de su mente, que la fantasía era solo una realidad que debía evitar con las píldoras que le acababa de devolver el guardia y que la mujer le obligó a tomar antes de dejarla sola de nuevo, comprendió entonces que no sería feliz por siempre… sino hasta la próxima vez…

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