Llovía lo recuerdo
bien, hacía frío y yo había olvidado mi abrigo en la silla del restaurante
chino en donde almorcé. Ya había leído más de tres veces la revista vieja que
tomé de una banca del parque en donde esperé largas horas aquel día.
Trás la tediosa e
impaciente espera veía mi reloj tratando inutilmente que con aquella frecuente
acción el tiempo circulara con más rapidez. Caminé hasta memorizar aquel lugar
que con sus tiendas, avenidas y su gente me destraían breves instantes, como la
estatua de mármol frente al ayuntamiento que simulaba ser una paloma, ¡que
tortura para ella saber que nunca emprendería el vuelo que parecía estar a
punto de tomar! -pensé- (igual que yo por razones distintas) la observé tanto
que estoy más que seguro que no la olvidaré nunca.
La gente que pasaba
frente a mí comenzó a verme curiosamente
algunos me sonrieron y otros me clavaron sus miradas punzo cortantes
amedrentando mi estadía.
El sol empezaba ya a
despedirse de mí lentamente, yo aburrido
y deseperado comencé a maldecir mi pobre suerte y tratando en vano de encontrar
la razón de la demora.
Revisé el recado que
me dejó sobre el escritorio la secretaria de la oficina en la que laboraba
hasta esta mañana, decía claramente (era obvio que no era su letra) "Nos
reuniremos en el lugar de la fotografía que está sobre la chimenea en la fecha
y hora en la que nos conocimos aquel día inolvidable"
Si mi memoria no
fallaba me encontraba allí mismo cerca del árbol de jacaranda en flor que
recordaba.
Las 4:30 pm habían
pasado 3 horas atrás y a mi costado se acomodaban ya decenas de pétalos
desepcionados.
Ya era de noche y aun
nada, quizás olvidé la hora exacta y aquel encuentro fue de noche, ya estaba
exhausto y hambriento, media hora después de haber visto mi reloj a las 8:00 pm
comencé a dudar de mi memoria.
Traté de hacer un
recorrido mental por su casa, situándome en la sala frente a la chimenea, pero
¡Por Dios! Tenía tantas fotografías que no podía reconocer a la que ella se
refería, sin duda era una de las peores pruebas que la vida me pudo dar, yo un
completo tipo despistado y con la memoria más breve que podía existir perdía la
batalla en el intento de recordar, hice trabajar mi cerebro al máximo y llegué
a la conclusión que fue en ese parque, por la noche el décimo quinto día del
décimo mes del décimo año del nuevo milenio y siendo hoy la misma fecha dos
años después no cabía la menor duda que estaba en lo correcto.
La lluvía de nuevo se
presentó ahora un poco más agresiva que la vez anterior y me empapé hasta los
huesos, el frío entumeció mis brazos desnudos y me temblaba todo el cuerpo. El
aguacero se fue tan rápido como llegó dejando su recuerdo en el suelo en donde
se reflejaba mi rostro tan pálido e infeliz como el de la solitaria luna.
Mientras estaba allí
sentado en la banca, intentanto inutilmente usar las hojas humedas de la
revista vieja para limpiar mis zapatos, un hombre de porte de caballero
refinado y de cabello blanco que pasaba a mi lado, volteó a verme y con una
mirada que derrochaba una tremenda pena por mí me dijo:
- amigo mío, debe
aceptarlo ya, la chica no vendrá- me dio una palmada en el hombro y me sonrió
con aires de pesar. Yo no sabía que decir, así que solamente le devolví una
sonrisa forzada tratando de ocultar con eso la reacción nefasta que me dieron
sus palabras.
Antes de que se
marchara me habló de nuevo y me dijo -mientras secaba la mano con la que me dio
la palmada - El ramo de rosas se ha deshecho y el día esta pronto a finalizar,
lloverá de nuevo lo sé bien y usted probablemente esté lejos de casa así que
tomado en cuenta todo eso sería mejor que se marche. Acomodó su sombrero y se fue.
Estaba completamente
seguro que el hombre tenía razón, el cielo empezaba a retumbar y los relámpagos
me alumbraban uno tras otro. Dejé lo que quedaba del ramo de rosas (solo los
tallos y el papel celofán con corazones rojos) sobre la banca testigo de mi
desdicha y recogí las casi deshechas hojas de la revista cuyos reportajes,
imagenes y la receta de fideos con crema de espárragos no olvidaré (la receta
espero poder hacerla algún día) y la coloqué también en la banca.
Caminé despacio, a
paso lento, creí estupidamente que quizás llegaría retrasada y le daría tiempo
para alcanzarme. (llegué a la esquina y no se apersonó) como suele pasar en
estos lamentables casos me empecé a cuestionar sobre mis errores, mis
descuidos, mi indiferencia hacia ciertos detalles minimos a los que quizás de haberles puesto un poco de atención no
hubiese estado en este predicamento. Saqué una vez más el papel con el recado y
lo leí y releí...
Vienieron a mi mente
como mandadas por una fuerza superior las imagenes de la sala de su casa
nuevamente, vi cada portaretratos uno a uno, se veía hermosa a sus 15 años en
su recital, el vestido café que usó en su graduación vaya que le sentaba bien,
el verano que pasó en la playa con sus padres, donde se le veía el rostro
rebosate de alegría, y la fotografía que yo mismo le tomé junto al árbol de
jacaranda en flor aquella tarde de agosto cuando el sol la hacía ver como un
ángel. (terminé de alusinar sin darme cuenta sino hasta minutos después de mi
tremendo error)
¡Una tarde de agosto!
-grité- alterando a un par de perros que olfateban sus traseros cerca de un
basurero o pocos metros de mí.
Lo supe entonces,
corrí como alma que lleva el Diablo, no me importó la hora es más ni sabía que
hora era, solo sé que corrí hasta que las fuerzas no daban para más hasta que
llegué a su casa. Una luz aun estaba encendida, tomé un poco de aire antes de
tocar y con el dedo tembloroso presioné el timbre. Minutos después su madre me
daba las buenas noches con el ceño fruncido y con la duda en los ojos.
Le expliqué a grandes
rasgos el motivo de mi visita y ella me invitó a pasar con un gesto de
inconformidad (no la juzgo pues tenía razon, yo no lo sabía pero faltaban pocos
minutos para la media noche)
Me acompañó hasta la
sala (el lugar en el que pensé todo el día) allí estaba yo parado viéndolo todo
y luciendo como un tonto, se estaba demorando un poco, cosa que me parecía
lógica pues ya debía haber estado durmiendo, me dio pena. mientras veía todo
tratando de memorizar cada objeto para futuras ocasiones (en esos momentos mi
memoria estaba En su punto de absorción más fuerte) me acerqué a la chimenea y
con mi risa de bobo vi las fotos nuevamente, mi memoria para variar había
obviado algunas y al verlas me ruboricé.
Conté once marcos diferentes de fotografías, cinco a cada lado del marco
más grande que estaba al centro, eché un vistazo a mi alrededor y aun no se
asomaba nadie, lo cual me alegró a pesar de que moria de ganas de verla, el
retraso daría tiempo a que se secasen las huellas que dejé en la alfombra.
De pronto mientras mi
ingenua mirada rebotaba por doquier fijé mi vista en los protaretratos otra vez
y fue en ese instante en el que supe que yo era el rey de los tontos.
En la fotografía del
centro de la chimenea figuraba una hermosa plaza de cielos despejados y
elegante arquitectura, no podía dejar de verla y mi corazón comenzó a palpitar
incrementando su velocidad con cada latido. Recordé entonces el mensaje, esa
era la foto del encuentro, un portazó me anunció que alguien se aproximaba, yo
en ese corto instante solo me preguntaba ¿Me habré equivocado de fecha también?
Su madre regresó a la
sala y en su rostro leí lo sucedería luego, se acercó a mi y me dijo:
-hablé con ella y me
ha dicho que te has retrasado por tres días, y que te esperó aun cuando el clima y la
desesperación la invitaban a rendirse, me ha pedido que te diga que no te
imaginas lo que sufrió y pensó en tan fatidica espera y que ese día frustante en la plaza de Madrid jamás lo
olvidará.
