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martes, 16 de octubre de 2012

El Día Que No Estuve En Madrid


Llovía lo recuerdo bien, hacía frío y yo había olvidado mi abrigo en la silla del restaurante chino en donde almorcé. Ya había leído más de tres veces la revista vieja que tomé de una banca del parque en donde esperé largas horas aquel día.

Trás la tediosa e impaciente espera veía mi reloj tratando inutilmente que con aquella frecuente acción el tiempo circulara con más rapidez. Caminé hasta memorizar aquel lugar que con sus tiendas, avenidas y su gente me destraían breves instantes, como la estatua de mármol frente al ayuntamiento que simulaba ser una paloma, ¡que tortura para ella saber que nunca emprendería el vuelo que parecía estar a punto de tomar! -pensé- (igual que yo por razones distintas) la observé tanto que estoy más que seguro que no la olvidaré nunca.

La gente que pasaba frente a mí comenzó a verme curiosamente  algunos me sonrieron y otros me clavaron sus miradas punzo cortantes amedrentando mi estadía.

El sol empezaba ya a despedirse de mí lentamente, yo  aburrido y deseperado comencé a maldecir mi pobre suerte y tratando en vano de encontrar la razón de la demora.

Revisé el recado que me dejó sobre el escritorio la secretaria de la oficina en la que laboraba hasta esta mañana, decía claramente (era obvio que no era su letra) "Nos reuniremos en el lugar de la fotografía que está sobre la chimenea en la fecha y hora en la que nos conocimos aquel día inolvidable"

Si mi memoria no fallaba me encontraba allí mismo cerca del árbol de jacaranda en flor que recordaba.

Las 4:30 pm habían pasado 3 horas atrás y a mi costado se acomodaban ya decenas de pétalos desepcionados.

Ya era de noche y aun nada, quizás olvidé la hora exacta y aquel encuentro fue de noche, ya estaba exhausto y hambriento, media hora después de haber visto mi reloj a las 8:00 pm comencé a dudar de mi memoria.

Traté de hacer un recorrido mental por su casa, situándome en la sala frente a la chimenea, pero ¡Por Dios! Tenía tantas fotografías que no podía reconocer a la que ella se refería, sin duda era una de las peores pruebas que la vida me pudo dar, yo un completo tipo despistado y con la memoria más breve que podía existir perdía la batalla en el intento de recordar, hice trabajar mi cerebro al máximo y llegué a la conclusión que fue en ese parque, por la noche el décimo quinto día del décimo mes del décimo año del nuevo milenio y siendo hoy la misma fecha dos años después no cabía la menor duda que estaba en lo correcto.

La lluvía de nuevo se presentó ahora un poco más agresiva que la vez anterior y me empapé hasta los huesos, el frío entumeció mis brazos desnudos y me temblaba todo el cuerpo. El aguacero se fue tan rápido como llegó dejando su recuerdo en el suelo en donde se reflejaba mi rostro tan pálido e infeliz como el de la solitaria luna.

Mientras estaba allí sentado en la banca, intentanto inutilmente usar las hojas humedas de la revista vieja para limpiar mis zapatos, un hombre de porte de caballero refinado y de cabello blanco que pasaba a mi lado, volteó a verme y con una mirada que derrochaba una tremenda pena por mí me dijo:

- amigo mío, debe aceptarlo ya, la chica no vendrá- me dio una palmada en el hombro y me sonrió con aires de pesar. Yo no sabía que decir, así que solamente le devolví una sonrisa forzada tratando de ocultar con eso la reacción nefasta que me dieron sus palabras.

Antes de que se marchara me habló de nuevo y me dijo -mientras secaba la mano con la que me dio la palmada - El ramo de rosas se ha deshecho y el día esta pronto a finalizar, lloverá de nuevo lo sé bien y usted probablemente esté lejos de casa así que tomado en cuenta todo eso sería mejor que se marche.  Acomodó su sombrero y se fue.

 

Estaba completamente seguro que el hombre tenía razón, el cielo empezaba a retumbar y los relámpagos me alumbraban uno tras otro. Dejé lo que quedaba del ramo de rosas (solo los tallos y el papel celofán con corazones rojos) sobre la banca testigo de mi desdicha y recogí las casi deshechas hojas de la revista cuyos reportajes, imagenes y la receta de fideos con crema de espárragos no olvidaré (la receta espero poder hacerla algún día) y la coloqué también en la banca.

Caminé despacio, a paso lento, creí estupidamente que quizás llegaría retrasada y le daría tiempo para alcanzarme. (llegué a la esquina y no se apersonó) como suele pasar en estos lamentables casos me empecé a cuestionar sobre mis errores, mis descuidos, mi indiferencia hacia ciertos detalles minimos a los que quizás  de haberles puesto un poco de atención no hubiese estado en este predicamento. Saqué una vez más el papel con el recado y lo leí y releí...

Vienieron a mi mente como mandadas por una fuerza superior las imagenes de la sala de su casa nuevamente, vi cada portaretratos uno a uno, se veía hermosa a sus 15 años en su recital, el vestido café que usó en su graduación vaya que le sentaba bien, el verano que pasó en la playa con sus padres, donde se le veía el rostro rebosate de alegría, y la fotografía que yo mismo le tomé junto al árbol de jacaranda en flor aquella tarde de agosto cuando el sol la hacía ver como un ángel. (terminé de alusinar sin darme cuenta sino hasta minutos después de mi tremendo error)

 

¡Una tarde de agosto! -grité- alterando a un par de perros que olfateban sus traseros cerca de un basurero o pocos metros de mí.

Lo supe entonces, corrí como alma que lleva el Diablo, no me importó la hora es más ni sabía que hora era, solo sé que corrí hasta que las fuerzas no daban para más hasta que llegué a su casa. Una luz aun estaba encendida, tomé un poco de aire antes de tocar y con el dedo tembloroso presioné el timbre. Minutos después su madre me daba las buenas noches con el ceño fruncido y con la duda en los ojos.

Le expliqué a grandes rasgos el motivo de mi visita y ella me invitó a pasar con un gesto de inconformidad (no la juzgo pues tenía razon, yo no lo sabía pero faltaban pocos minutos para la media noche)

Me acompañó hasta la sala (el lugar en el que pensé todo el día) allí estaba yo parado viéndolo todo y luciendo como un tonto, se estaba demorando un poco, cosa que me parecía lógica pues ya debía haber estado durmiendo, me dio pena. mientras veía todo tratando de memorizar cada objeto para futuras ocasiones (en esos momentos mi memoria estaba En su punto de absorción más fuerte) me acerqué a la chimenea y con mi risa de bobo vi las fotos nuevamente, mi memoria para variar había obviado algunas y al verlas me ruboricé.  Conté once marcos diferentes de fotografías, cinco a cada lado del marco más grande que estaba al centro, eché un vistazo a mi alrededor y aun no se asomaba nadie, lo cual me alegró a pesar de que moria de ganas de verla, el retraso daría tiempo a que se secasen las huellas que dejé en la alfombra.

De pronto mientras mi ingenua mirada rebotaba por doquier fijé mi vista en los protaretratos otra vez y fue en ese instante en el que supe que yo era el rey de los tontos.

En la fotografía del centro de la chimenea figuraba una hermosa plaza de cielos despejados y elegante arquitectura, no podía dejar de verla y mi corazón comenzó a palpitar incrementando su velocidad con cada latido. Recordé entonces el mensaje, esa era la foto del encuentro, un portazó me anunció que alguien se aproximaba, yo en ese corto instante solo me preguntaba ¿Me habré equivocado de fecha también?

Su madre regresó a la sala y en su rostro leí lo sucedería luego, se acercó a mi y me dijo:

-hablé con ella y me ha dicho que te has retrasado por tres días,  y que te esperó aun cuando el clima y la desesperación la invitaban a rendirse, me ha pedido que te diga que no te imaginas lo que sufrió y pensó en tan fatidica espera y que ese día  frustante en la plaza de Madrid jamás lo olvidará.

 

 

miércoles, 10 de octubre de 2012

AYER

Mi versión del cuento más pequeño de mundo...

ME LEVANTÉ A LAS SEIS Y EL RESTO YA LO SABEN.

martes, 9 de octubre de 2012

FIN

En una hoja en blanco escribí, reviví…
Expresando lo que hay en mí, describí…
Lo que pensaba anoté, recordé…
Llanto y risas con letras dibujé, reflexioné…
La pluma plasmó mis pensamientos, tormentos…
En la balanza mis pasados días, momentos…
Mis sentimientos con tinta expresados, inmortalizados…
Amor y odio entrelazados, enfrentados…
No quiero alejarme, escaparme…
Él quiso dejarme, destrozarme…
Borraré de esta hoja su recuerdo, acuerdo…
Lágrimas corren mientras mis labios muerdo, pierdo…
Lo que sentí mientras escribo desaparece, perece…
Que no le olvide no se merece, adolece…
No le pensaré más cuando acabe esta escritura, tortura…
Muerte a quien amar sin sentir jura, basura…
FIN he escrito, de escribir he terminado, olvidado…
El dolor y el amor han acabado, enterrado…
Algo nuevo y mejor habrá, vendrá…
Algo que jamás mi corazón borrará, permanecerá…

Cuando se olvidó de ella

Le pidió sin palabras que se quedará allí, de cuclillas en el rincón, su vestido apenas cubría la mitad se sus piernas y sus brazos calidamente abrazaban sus rodillas temblorosas. No le importó dejarla en la oscuridad aun sabiendo que le temía y poco le importaron los bichos que a su alrededor ya se agrupaban, prefirío no voltearle a ver antes de salir de la habitación.
El sonido fuerte de la puerta al cerrarse la sobresaltó, apretando los ojos para impedirse ver sus miedos, se quedó quieta hasta que su corazón se calmó.
El viento hacía crujir el techo haciendo que las ramas del árbol golpearan el tejado dándole una melodía casi fantasmagórica a la escena. Allí olvidada recordó su vida hacía poco antes.
Las horas pasaban y ella porfin volvió, entró sin saludar y se cambió de ropas, sin siquiera verle le contaba su día, y enriquecía su ego al decir que cumplió sus deseos y que segura estaba de conseguir su amor.
Guardó en una gaveta sus ilusiones, su pensar y sus dudas, y decoró la habitación con sus deseos, sus fantasías y algunos buenos momentos, en su diario omitió las fechas y anotó frases y palabras de amor que le dijo un día, se aseguró de no mostrar su escote y su maquillaje cambió de tono, guardó sus vestidos y los dejó empolvarse.
Los días para ella fueron empeorando, las telarañas adornaban aquel cabello cuyo brillo y aroma a flores del campo había desaparecido, su piel la cubría una capa gruesa de polvo donde los ácaros se instalaron hacía mucho corroyéndola, su vestido naranja y amarillo se volvió gris y desteñido, olvidó como era su rostro y con sus uñas crecidas hacia dibujos en la suciedad del piso. Ella no se había puesto tampoco más bella ni era feliz, de pronto dejó de entrar sonriendo y de detallarle su día.
Lloraba más que reía y su mirada perdió su luz, le tenía, más algo había perdido. Revisó su vocabulario y no encontró sus palabras, buscó en sus días y no halló más que todo aquello que había dejado de hacer.
Ella permanecía muda en el rincón, estaba casi ciega, había olvidado como hablar, pero no olvidaba lo que quería decir, de pronto había dejado de llorar, sus ojos estaban secos, su corazón también había cambiado y latía diferente.
Optó por la sordera para evitar desear oir aquellas palabras, su ceño se arrugó permanentemente y por más que se arreglaba no se veía bonita.
Ella empezó a cambiar, estiró las piernas sin temor a ser reprendida y movía sus pies entumecidos como tratando de despertarlos.
La vio entrar de nuevo llorando, más sabía que afuera había estado riendo, esta vez sus miradas se encontraron en silencio y recordó sus antiguas facciones.
Se ruborizó, el verse tan deteriorada le daba verguenza, se quitó algunas telarañas del cabello y sacudió el polvo de sus hombros. Ella la veía con las lágrimas  bajando por sus mejillas, nudos pasaban por su estrecha garganta y permanecía inmóvil sin saber que decir.
Pasó a su lado evitando que sus piernas ahora estiradas le hicieran tropezar y huyó del lugar.
Ella encogió de nuevo sus piernas y se quedó pensando, dirigió su vista a todos lados buscando su esencia y no la halló, encontró solo restos de lo que alguna vez quiso y cientos de miles de caprichos cumplidos como de seguro los tendría un mago o el genio de la lámpara maravillosa. acariciaba como siempre sus manos frías y en extremo delgadas, tratando de darse calor.
Pasaron dias y ella no volvía, todo a su alrededor estaba polvoriento, apolillado y roto. Una tarde de junio la vio entrar de nuevo, con la alegría marchita, bañada en llanto pero no de desamor a él lo tenía, sino por eso que había perdido. Cerró la puerta tras ella con llave, jamás volvería a salir dijo, sus fuerzas se acabaron, su utilidad se menguaba y ya no habían mas cosas nuevas que complacer, ya no sabía que más hacer así que volvía.
Le costó reconocerle, parecía un bulto casi enterrado por el tiempo, todo estaba casi destruido tanto como lo estaba su interior, movió una librera que estaba a un extremo de la habitación, ratas, arañas y otras alimañas salieron despavoridas, y en el espacio vacío se instaló.
Una mirada fija y penetrante la incomodaba, levantó la cabeza dejando caer al suelo tierra y desconcierto, despegó sus párpados con fuerza hace tiempo había decidido no ver lo que de seguro otros veían, enfocó bien y la vio, estaba de cuclillas en el rincón justo frente a ella. Llevaba un vestido naranja amarillo y su cabello brillaba y despedía un aroma a flores del campo que inundó el lugar matando sin piedad al olor a rancio, humedad y olvido.
Ella al verle lo supo todo, no necesitaba explicación alguna, su sola presencia lo gritaba, nunca la había dejado de esperar, volvió a estirar las piernas y desentumeció sus pies, luego las rodillas, movió entonces sus brazos y empuñaba las manos y estiraba los dedos haciendo circular en ella de nuevo la vida.
Ella estaba allí con sus ojos muy abiertos y casi sin parpadear viéndolo todo, sentía miedo y esperaba la venganza empuñando en una mano los reproches y en la otra la burla.
Tal y como de detrás de la librera salieron bichos también salieron cuando ella se puso de pie, no dejó de sacudir su vestido hasta que vio de nuevo los colores, peinó con sus dedos su cabello hasta que estuvo sedoso otra vez. Sus primeros pasos fueron torpes y se cayó más de una vez. La vio fijamente mientras tiró al suelo la vieja decoración y la vio aun más profundamente cuando sacó de la gaveta sus ilusiones, su pensar y sus dudas.
Ella la veía horrorizada cuando se maquilló y se puso aquel vestido con el que se veía tan hermosa. Lo limpió todo, se dehizo de aquello que le causaba pesar empezando por las cientos de miles de complacencias y en su lugar juró que pondría los trofeos de sus propios anhelos.
Ella entonces reaccionó, le tomoó el tiempo necesario, a punto estuvo de convertirse en presa de sus temores mismos infames que ya le habían capturado una vez.
Se levantó entonces, impidiendo que saliera por la puerta lo que comprendió en ese momento era lo que necesitaba, aquello que había perdido. En ese mismo instante se fusinaron y se escuchó una sola voz prometiendo jamás abandonarse de tal manera.

El monólogo de Soledad

Todo en la habitación está cubierto de polvo, hace tanto que nadie viene, sobre la mesa un florero opaco por las telarañas que lo han envuelto, tiene en sus adentros tallos secos de rosas sin vida, marchitas por el tiempo y a su alrededor pétalos disecados cuyo color rojo se ha tornado ya en marrón.
Ya ni los ratones se asoman como antes, ya no queda nada, la luz del día entra tímida por uno se los vidrios rotos de la ventana y el rayo de luz apunta directo a la fotografía que no me canso de ver.
El calendario colgado en la pared se estancó en octubre.
Antes, constantemente abría la puerta y me asomaba con la esperanza de verle, creí que volvería pronto, pero no lo hizo y yo me cansé y dejé de esperar.
Estuve tanto tiempo a su lado que le extraño demasiado, a pesar de que me dejó, que me abandonó en este cuarto que solíamos compartir. Le cobijé en las noches, le consolé en sus tristezas, le aconsejé mientras abrazaba su almohada, pero todo se acabó aquel día.
Aunque a veces se hartaba de mi presencia y renegaba de mí, algunas veces también me añoraba. Quizás no fui la mejor de las compañías, pero más de una vez le acompañé.
Lo más seguro es que esté disfrutando de su vida y por eso no ha vuelto, es obvio que se ha olvidado de mí. El día de su partida se repite en mi mente a cada instante, olvidar aquel momento no he podido, me paré en un rincón a verle empacar sus cosas, se despidió de mi con una sonrisa y se fue. Esa sonrisa de alivio, de felicidad, me estremeció.
Me ha pasado muchas veces, al principio parecen quererme y necesitarme, pero luego, la necesidad de estar conmigo se va haciendo menos, hasta que me vuelvo un problema en sus vidas y al final buscan  compañía y me dejan.
No les culpo, sé muy bien que no es fácil convivir por siempre con la Soledad.

lunes, 8 de octubre de 2012

PECADO DE VANIDAD

Alma primorosa…
Vestida siempre de lila y rosa…
Fruta dulce por costumbre…
A tu paso aroma a podredumbre…

Bella, inteligente y agraciada…
Maldita, mala y desgraciada…
Vendiste algo que a ti no te pertenece…
Hoy tu hermoso cuerpo de alma carece…

Muñeca de mejillas rojas y cabellos dorados…
¡Vanidosa! tus días de paz están contados…
Aquella sombra negra que seguiste…
Se ríe en la oscuridad por la estupidez que hiciste…

Te ofreció todo lo que siempre imaginaste…
¡Tonta! ¿Por qué antes el precio no preguntaste?
Divina flor de aspecto inimaginable…
Has hecho un pacto con un ser abominable…

Tu reflejo es perfecto…
Careces de amor, tranquilidad y afecto…
A tu lado camina y te muestra su saña…
Sientes como en tus adentros su nido teje la araña…

Tu sangre veneno suyo que en ti recorre…
No estará satisfecho hasta que de tu rostro la sonrisa borre…
Ya está escrito…
Tu vida acabará al escuchar de dolor un grito…

Tu cara de diosa…
Comida de gusanos en la fosa…
Por ser la más bella, la más hermosa…
Ignoraste las consecuencias de tan grave cosa…

Marcado esta el día en el calendario…
Ya no reirás ni verás el sol a diario…
En su calabozo te perderás de la dicha el placer…
Maldecirás aquel día en que una mujer divina deseaste ser…

¡ME QUIERO MORIR PRIMERO!


En días como este en el que plenamente sé que te quiero afirmo de nuevo que me quiero morir primero.

Sí, me quiero morir primero porque no soportaría que fueses un recuerdo, agonisaría a diario pensando en que no te veré más.

Por eso me quiero morir primero porque te pensaría con tal frecuencia que dejaría de ser yo y me convertiría en tí.

Sí, me quiero morir primero, porque enloquecería tratando de llenar tu vacío no pudiéndolo hacer jamás.

Por eso sonrío aun en mis peores días y olvido los enojos y repito las mismas palabra dulces para que cuando llegue el día lo haya hecho y dicho todo.

Sí, me quiero morir primero porque el decirte adiós enlutaría mi alma y la alegría me abandonaría allí mismo.

Por eso me quiero morir primero porque no me bastaría ver tu rostro en mi memoria sin poder acariciarlo.

Sí, me quiero morir primero porque tu voz y las melodías que oímos juntos serían el coro que acompañaría mi llanto.

Por eso me quiero morir primero para esperarte sabiendote bien y siguir viviendo en tu corazón.

Sí,  me quiero morir primero porque sin tí mi vida no tendría razón de ser y con nada se sanaría la herida que le dejarías a mi ser completo.

Por eso me quiero morir primero, porque sabría que no que sería un adiós para siempre y aun que sé que es una cobardía el vivir sin tí sería una de mis peores pesadillas

Sí, me quiero morir primero porque la soledad me ataría a un rincón en donde acabaría fundiéndome con la oscuridad

Por eso me quiero morir primero porque me ahogaría en el mar de tristeza que me dajarías con tu partida  y vagaría por el mundo como un ser sin vida

Sí, me quiero morir primero porque tu ausencía sería el detonante de mi total demencia y jamás superaría el no tenerte cerca

Por eso me quiero morir primero, cruzar esa línea a lo desconocido para abrirte paso y verte llegar mucho después

Sí, me quiero morir primero porque el amor que te profeso es tan inmenso que no concibo perderte.

Por eso me quiero morir primero porque sin tí simplemente no podría seguir.

martes, 2 de octubre de 2012

LA CARNICERÍA

Pasar por aquella calle era un suplicio para muchos, durante años había sido conocida como "La Calle Empedrada" unas semanas atras fue rebautizada con el nombre de "La Calle de la Carnicería", yo en aquel momento no entendía el por qué del problema ni el disgusto de muchos por el nuevo negocio. A muchos niños, incluyéndome a mi nos despertaba la curiosidad, escuchabamos historias sobre el lugar, oímos decir que tenían cabezas de vaca y cerdos, que trozos enormes carne colgaban de un gancho y que vendían las víceras para hacer guisos, vivíamos en un pueblo costero en donde practicamente se comía solo lo que se sacaba del mar, muchas veces tratamos de escabullirnos y ver como era la famosa carnicería pero siempre fuimos pillados y reprendidos por tan grave acción.

Cada tarde mamá, mi hermano y yo ibamos al parque donde aprovechabamos a jugar mientras mamá vendía los dulces que había preparado en la mañana, la carnicería quedaba camino al parque y recuerdo como ella nos cubría los ojos con sus manos y nos apretaba la cara contra su vientre para evitar que vieramos el negocio al pasar enfrente.
A pesar de que muchos odiaban esa carnicería y que intentaron a toda costa cerrarlo, otros a su vez iban hasta dos veces al dia y siempre había gente en la puerta queriendo entrar.

El tiempo pasó y la carnicería creció, varias mujeres que antes se expresaron mal de ella consiguieron un empleo allí.
En casa empezaron los problemas cuando una tarde camino al parque mamá vio (yo también lo vi pero siempre lo negué) a papá en la puerta del negocio infernal, así lo llamaba ella.
Papa insistió en que fue a ver que era eso que tanto llamaba la atención, mamá estaba tan molesta que golpeaba las cosas que tenía cerca y luego se encerró en su habitacion y yo no entendía por qué tanto alboroto por echarle un ojo a la carne. 
Todo esto hacía que mi curiosidad creciera y fue cuando cumplí 15 años, cinco años después de la apertura de aquel misterioso lugar que comencé a atar cabos, una tarde en casa, a pocos meses de que papá nos abandonara, le dije a mamá que intentaramos conseguir empleo, las carencias eran muchas y era necesario, sugerí que la carnicería sería un buen lugar, en tanto tiempo no dejó de tener clientes y aquellas personas que se habían empleado allí estaban muy bien economicamente. Mamá se negó y juró que moriría antes de hambre que ir a ese lugar y me lo prohibió a mí. Antes de terminar la convesarción me dijo:
¿Acaso has visto a alguien hacer una parrillada en todo este tiempo?

Pense muy bien en esa pregunta y la respuesta a ella era que jamás había visto ni un solo pedazo de carne ni cruda ni cocida. Y este pensamiento trajó otros como: por más que mamá nos tapara los ojos logramos ver algo, las paredes rojas con blanco y una puerta gris, pero nunca vi carne colgando es más jamás había visto al carnicero ni escuché comentarios de él ni su nombre. Me empezaba a resultar extraño la gente entraba y tardaba siempre horas en salir, parecía no importarles que la carne se arruinara, por las tardes las empleadas salían a la puerta y algunas se sentaban en la acera, jamás con gabacha, sin mallas que cubrieran su cabello y con ropas para nada acordes a la temperatura de un cuarto refrigerado donde ellas mismas decían trabajar.

La duda me llevó esta tarde noche a ver con mis propios ojos lo que sucedía allí, caminé por aquella calle a paso lento, eran las 6:30 pm el cielo se oscurecía, había gente alrededor y los que me reconocieron me saludaron.

Lo primero que noté fue algo que jamás había logrado ver, un rótulo que decía "Bienvenidos" con letras de colores llamativos. Aracely, una chica con la que estudié la primaria estaba en la puerta, me saludó y yo no podía creer que fuese ella, lucía muy bien aunque un poco destapada como diría mamá. Ella llevaba poco más de un año laborando allí y me hablaba de lo bien que se la pasaban y que a pesar del horario y de las tareas que había que realizar, valía la pena, y ahora podía ayudar a su madre a mantener a sus hermanos y a su padre enfermo. Después de charlar un rato, le dije estaba allí porque quería comprar carne, ella se me quedó viendo con sus ojos azules muy abiertos y me dijo en el oído "sigueme", tenía en mi mano el billete con el que pensé compraría un trozo de bistec, Aracely abrió la puerta y me invitó a pasar.

caminamos por un pequeño pasillo, Aracely venía detrás, se adelantó unos pasos y retiró con su mano una cortina hecha de canicas o eso parecían..

No se parecía para nada a las carnicerías de las que sabía y vi en fotografias, pero si era similar. La carne aquí no colgaba de ganchos de techo, aquí estaba sobre pequeñas mesas que parecían de vidrio o de algo parecido, la carne no estaba dentro del cuarto frío esperando que el cliente la eligiera, aqui la carne estaba afuera y era hasta que el cliente la elegía cuando la ponían en el cuarto. No había un mostrador al frente donde se puede ver que tipo de carnes hay y si tienen grasa o no o si esta fresca, suave o dura, aquí las muestras estaban por doquier y los clientes solo alzaban sus manos y podían tocar y elegir. El carnicero era el típico hombre rudo regordete, estaba sentado a un lado de una especie de vitrina donde contaba billetes mientras dentro de ella los clientes veían el mejor tipo de carne que ofrecía la tienda, pero este no estaba a la venta, era solo para ver y saborearse los labios.
Aracely se unió al desfile de muestras de carne y yo me quedé allí parado, sintiéndome un tonto aun con el billete en la mano.
Al salir de alli comprendí todo, durante años jamás lo pensé pero ahora analizándolo bien no hubo mejor sobrenombre para el lugar.

Volví a casa, nunca le dije a mamá que fui a la carnicería, pero sabía que ella lo supo esa tarde cuando volví, recuerdo que me senté junto a ella y la ayudé a preparar dulces que vendimos al día siguiente.

El Mensaje en la Servilleta

Las risas se acabaron de pronto, el silencio llenó cada uno de los espacios vacios de la habitación, nadie decía nada, aunque sin duda todos tenían mucho que decir en ese momento.
Nada, no se oía nada, tan solo la respiración de todos al unísono que entre cortos y largos suspiros le daban cierta melodía al silencio.
Ahí estaban todos viéndose los unos a los otros, cada uno tratando de encontrar al culpable, al malhechor que había causado tan trágico momento. Todo se lanzaban acusadoras miradas como puñales. Pobres ignorantes si tan solo supieran que todos, que cada uno tiene parte de culpa en todo esto.
Parecían estar pegados al suelo, estatuas inmóviles que rodeaban la escena, escena lúgubre, triste, incomprensible. Pocos fueron, solo algunos los que intentaron decir algo, pero casi al instante apresaron sus labios con su mano izquierda y evitaron que palabra alguna saliere y aguantándose las náuseas de opinión impidieron que el vómito de la verdad brotara de sus bocas.
Salir de ahí sería como huir cobardemente pensaban, pero quedarse era tan difícil ante aquello que sus ojos no podían dejar de observar.
Las copas en la mesa unas llenas otras ya casi vacías, el plato fuerte servido, intacto enfriándose.
Habían perdido el apetito, las ganas de reír y aquel ambiente de armonía de la reunión también se había perdido. Los caballeros había dejado su actuar petulante y aires de intelectualidad dejaron por un instante de sentirse los dueños del mundo, las mujeres de finos vestidos de seda y terciopelo, que lucían costosas joyas que brillaban igual o quizás más que las estrellas del firmamento de aquella noche, perdieron su glamur, dejaron de ser por un instante las mujeres más bellas.
Todos eran ahora simples, gente común y corriente como la de afuera, insignificantes, culpables.
Poco a poco, uno por uno se fue sentando de nuevo a la mesa, sin decir nada solo intercambiando miradas. La comida esta fría y el vino ya no sabía igual, no lo notaron pero ya había pasado mucho tiempo.
Las sillas se fueron llenando hasta dejar una sola vacía, vacio que llamaba la atención de todos que fija, disimuladamente y de reojo veían por ratos. No comían estaban allí inmóviles igual a como estuvieron por mucho tiempo parados junto a la escena, junto a la ventana.
Un temblor sacudió el salón y acabó con el silencio llenando de gritos el espacio, las copas se cayeron manchando de rojo el fino mantel blanco, el candelabro antiguo que pendía sobre sus cabezas baila al ritmo del fuerte sismo. Duró menos de medio minuto, pero ellos sintieron fue una eternidad, se quebraron cosas, se cayeron cuadros y adornos, el suelo cundido de escombros, ventanas con vidrios rajados, mujeres descalzas y hombres sin saco le daban el toque de desastre a la habitación.
Pasaron así unos cuantos minutos más hasta que una dama de largo cabello marrón, con una delgada figura, piel pálida y ojos color miel dijo:
¿Qué nos pasa a todos? ¿Acaso nos hemos vuelto insensibles?... ¡Debemos hacer algo!
Dijo esta última frase haciendo énfasis y somatando contra la mesa su delicado puño adornado con un anillo de oro con un sencillo pero costoso diamante en el centro y una pulsera en la muñeca de oro también regalo de su pasado aniversario de bodas.
La gente pareció reaccionar cuando la mujer dio el golpe a la mesa, eso los despabiló más que sus palabras, empezaron a escucharse murmullos, amigos, parejas, parientes, todos empezaron a hablar. No se entendía nada, las voces chocaban unas con otras, la gente, los invitados parecían tener vida de nuevo. El silencio había desaparecido dejando ahora en el lugar un mar de palabras incoherentes.
En media hora ya habían olvidado los sucesos anteriores y el ambiente de la fiesta poco a poco volvió. Las mujeres retocaron su maquillaje, peinaron sus cabellos y se calzaron de nuevo, los hombres se pusieron nuevamente los sacos, encendieron sus cigarrillos y llenaron sus copas.
La escena que los había silenciado fue cubierta de olvido, indiferencia, desinterés y una enorme cantidad de falta de compasión, todo esto la cubrió, dejando solo a la vista un volcán de cosas que era mejor no ver e ignorar.
La silla vacía que estaba en la mesa, fue ocupada más tarde por los sacos de los caballeros que quienes por el calor del licor o por el del baile se los habían quitado, así como las corbatas.
La única que permanecía aun quieta y callada, era la dama que había roto el silencio, ella en su asiento, en la mesa, con la comida servida en el plato y su copa llena, estaba inmóvil observándolos a todos.
Casi al final de la quinta balada, sacó de su bolso un delineador de ojos color negro, tomó una de las servilletas que el joven cuyo lugar estaba a su derecha no utilizó, uso de lápiz el delineador y de hoja la servilleta y empezó a escribir.
Nadie le prestaba atención, nadie, ni siquiera su esposo, él tenía una interesante charla con los señores, socios y amigos, quienes soltaban carcajadas cada cierto tiempo y chocaban sus copas en el aire, copas que no dejaban permanecer vacías mucho tiempo.
Terminó de escribir, algunas lágrimas corrían por sus mejillas ruborizadas con polvos color rosa, tomó la servilleta con las manos temblorosas, se puso de pie, vio a uno por uno, todos seguían en lo suyo, respiró profundo, afinó su garganta, bebió un sorbo de vino tibio de su copa y comenzó a leer lo que había escrito.
Leyó hasta la última palabra, leyó con fuerza, intentaba que sus palabras vencieran a la música, a las charlas, al murmullo y a las risas. Al finalizar se dio cuenta que nadie la escuchó, nadie le prestó atención, ahí estaba ella de pie, al lado de su lugar en la mesa, aquella mesa enorme y vacía.
Quizás no la escucharon o no la quisieron escuchar, quizás no la vieron o no la quisieron ver, quién sabe, el hecho era de que aquellas palabras que brotaron de su corazón no habían llegado a ninguna parte.
Vio nuevamente a uno por uno, esta vez algunas miradas se chocaron con la suya, pero no más de centésimas de segundo.
Empuñó la mano donde sostenía la servilleta con su mensaje, respiró nuevamente, acercó una de las velas que adornaban la mesa, quemó la servilleta y tras un portazo desapareció.
Portazo que nadie oyó, ausencia que nadie extrañó hasta mucho más tarde cuando notaron que ya eran dos las sillas vacías.
“Cuan dichosos son aquellos capaces de olvidar, capaces de no prestarle atención a cosas importantes, a la gente, a sus semejantes, cuan dichosos son de seguir adelante a pesar de saber que otros sufren, cuan dichosos son que ni la naturaleza les asusta, ni logra captar su atención por mucho, aun cuando los sacude con fuerza tratando de hacerles reaccionar, cuan dichosos son de
poder ignorarlo todo y seguir con la fiesta. Desdichados nosotros que no podemos hacer tales cosas y que fracasamos al tratar de cambiarlos a ustedes, ¡pobre de nosotros! ¿Qué nos queda? Alejarnos de ustedes o unírnosles e imitarles, ¡Yo ya he decidido!”

El Café Sabía Extraño Esta Mañana

El día estaba un tanto frío y nublado a causa de la lluvia de la noche anterior, el aroma a tierra mojada perfumaba el ambiente.
El café sabía extraño esta mañana…
Tenía la vista perdida en el jardín no veía nada en especial simplemente miraba sin pensar.
Quería centrar mis pensamientos en algo, quería aclarar mi mente.
Pero me perdía entre ¿Por qués? ¿Cuándos? Y ¿Para qués?
El café sabía extraño esta mañana…
De reojo vi la puerta entreabierta de mi habitación, está vacía.
Giré mi vista hacia el lado contrario, no pude soportar ver ese escenario, pero me topé con algo aun peor, la soledad.
El café sabía extraño esta mañana…
Seguía allí, sentada, centré de nuevo mi vista hacia el jardín, lo vi diferente.
Aun estaba húmedo y las flores aun tenían rocío en sus pétalos, pero algo ya no era igual.
No sabía si era el jardín el que había cambiado o era yo.
No quería moverme, pero quería salir corriendo de allí.
El café sabía extraño esta mañana…
Empecé a imaginar diversas cosas, cosas agradables, mis carencias, lo que necesitaba, lo que pedía a gritos.
Alguien que me abrazara, alguien que me necesitara, alguien con quien pudiera hablar, alguien que se acordara de mí y me llamara o visitara.
Esperé más de cinco minutos y nada de esto pasó.
El café sabía extraño esta mañana…
Suspiré, esa acción pareció agudizar mis sentidos, en especial el oído, capté los sonidos de voces y risas que provenían de la calle y de hogares vecinos. Quise contagiarme de esa alegría, pero fracasé. Me quedé inmóvil solo mis ojos se movían de un lado a otro como buscando algo. Empecé a observar otra vez mí alrededor más detalladamente.
Alcance a ver la cocina, limpia, vacía, intacta. Vi también la sala ordenada, vacía, empolvada.
El café sabía extraño esta mañana…
Me hacía falta el sonido cálido de la compañía, nunca me había puesto a pensar en eso, tenía ya mucho tiempo de vivir allí y jamás me sentí así, sentía que algo me faltaba, algo no material, de eso lo tenía todo.
Quise llorar pero de mis ojos no brotaban lágrimas, la melancolía me invadió, vi con más fijación aquellas flores del jardín, me imaginé ser una de ellas, rodeada de otras que me hacían compañía, sentía las caricias de sus hojas que con el viento me rozaban, me sentí bien
El café sabía extraño esta mañana…
El canto de un pájaro me sacó del trance, volteé hacia la izquierda, sonreí por lo que vi, una casita de madera maltratada por el tiempo, nunca tuve el valor de deshacerme de ella, hogar de aquella compañía que añoraba. Pude verle corriendo hacia mí, hice uso de nuevo de la imaginación, jugábamos, le acaricié.
El café sabía extraño esta mañana…
Volví en mi de nuevo, otra vez a la realidad, respiré profundo, volví la mirada a mi habitación, verla vacía me llenó los ojos de lágrimas, me perdí en la profundidad del vacío y también le vi, allí estaba, dormido, su olor despertaba
en mi el deseo de besarle, de sentir su calor otra vez, las lágrimas por fin salieron de mis ojos, dejé de imaginar, se fue de nuevo.
El café sabía extraño esta mañana…
Allí estaba yo de nuevo, sentada con la mirada perdida, sentía como las lágrimas seguían brotando sin mayor esfuerzo, me sentía diferente mucho más que al principio.
Recordé cosas, recordé a mis amigos, hacia mucho que no sabía de ellos, me alejé, se alejaron, no lo recuerdo, solo sé que ya no están.
El café sabía extraño esta mañana…
La fotografía empolvada de mi familia, adornaba la desierta sala de mi casa, mis padres, mis hermanos y yo, felices, juntos, deseé volver en el tiempo, a mi niñez y que mi madre secara las lágrimas que corrían por mi rostro, que mi padre al abrazarme me transmitiera seguridad y con mis hermanos jugar y reír.
El café sabía extraño esta mañana…
No entendía por qué perdí todo eso, no era lógico, muchos tenían eso aun después de muchos años, ¿cómo fue que yo lo perdí?
Mi corazón empezó a latir rápidamente, mi respiración se entrecortaba, sentí frío.
Mi mente se empezó a aclarar, comprendí.
No hay felicidad si no hay con quién compartir, lo di todo por perdido y no vi lo que había ganado, aquellas personas se alejaron de mi por mis acciones y no hice nada, dejé que marcharan.
El café sabía extraño esta mañana…
Me encerré en mi misma y la soledad reino en mí, no era la casa la vacía, era yo.
Me ahogué en recuerdos pasados y no construí nuevos, esperé a que todo viniera a mí sin hacer nada y lo único que vino fue el vacío y la soledad.
El café sabía extraño esta mañana…
Las lágrimas se secaron, la vista se nublaba, sentí como la fe, la esperanza, el amor, volvían a mí, sentimientos que habían perdido, la amargura, la tristeza, el desamor, el odio, la melancolía, la soledad, se fueron menguando, rindiéndose ante lo nuevo que estaba llegando.
El café sabía extraño esta mañana…
Que tonta fui, me dejé vencer. Cambiaría eso ahora mismo, me paré de aquella silla en la que ya llevaba horas, tiré lejos aquella taza de café, corrí...
Fui al baño, escupí el café.
Fui a mi habitación, rompí la carta.
El café sabía extraño…porque esta mañana no le eché azúcar.
Seguiré viviendo, seré feliz.

lunes, 1 de octubre de 2012

LA VICTORIA

No necesité de una daga...
Ni de una hechicera que un mal le haga...
Solo del veneno del tintero...
y de la pluma el golpe certero...

Escribí mis pesares cual puñales...
y mi opinión como el peor de los males...
ante mi letra asesina sucumbió...
de ningún arma necesité yo...

Por bandera una hoja de papel...
y por ejército las palabras escritas en él...
Expresarme fue su castigo...
¡Haber callado tanto maldigo!