Todo en la habitación está cubierto de polvo, hace tanto que nadie viene, sobre la mesa un florero opaco por las telarañas que lo han envuelto, tiene en sus adentros tallos secos de rosas sin vida, marchitas por el tiempo y a su alrededor pétalos disecados cuyo color rojo se ha tornado ya en marrón.
Ya ni los ratones se asoman como antes, ya no queda nada, la luz del día entra tímida por uno se los vidrios rotos de la ventana y el rayo de luz apunta directo a la fotografía que no me canso de ver.
El calendario colgado en la pared se estancó en octubre.
Antes, constantemente abría la puerta y me asomaba con la esperanza de verle, creí que volvería pronto, pero no lo hizo y yo me cansé y dejé de esperar.
Estuve tanto tiempo a su lado que le extraño demasiado, a pesar de que me dejó, que me abandonó en este cuarto que solíamos compartir. Le cobijé en las noches, le consolé en sus tristezas, le aconsejé mientras abrazaba su almohada, pero todo se acabó aquel día.
Aunque a veces se hartaba de mi presencia y renegaba de mí, algunas veces también me añoraba. Quizás no fui la mejor de las compañías, pero más de una vez le acompañé.
Lo más seguro es que esté disfrutando de su vida y por eso no ha vuelto, es obvio que se ha olvidado de mí. El día de su partida se repite en mi mente a cada instante, olvidar aquel momento no he podido, me paré en un rincón a verle empacar sus cosas, se despidió de mi con una sonrisa y se fue. Esa sonrisa de alivio, de felicidad, me estremeció.
Me ha pasado muchas veces, al principio parecen quererme y necesitarme, pero luego, la necesidad de estar conmigo se va haciendo menos, hasta que me vuelvo un problema en sus vidas y al final buscan compañía y me dejan.
No les culpo, sé muy bien que no es fácil convivir por siempre con la Soledad.

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