Le pidió sin palabras que se quedará allí, de cuclillas en el rincón, su vestido apenas cubría la mitad se sus piernas y sus brazos calidamente abrazaban sus rodillas temblorosas. No le importó dejarla en la oscuridad aun sabiendo que le temía y poco le importaron los bichos que a su alrededor ya se agrupaban, prefirío no voltearle a ver antes de salir de la habitación.
El sonido fuerte de la puerta al cerrarse la sobresaltó, apretando los ojos para impedirse ver sus miedos, se quedó quieta hasta que su corazón se calmó.
El viento hacía crujir el techo haciendo que las ramas del árbol golpearan el tejado dándole una melodía casi fantasmagórica a la escena. Allí olvidada recordó su vida hacía poco antes.
Las horas pasaban y ella porfin volvió, entró sin saludar y se cambió de ropas, sin siquiera verle le contaba su día, y enriquecía su ego al decir que cumplió sus deseos y que segura estaba de conseguir su amor.
Guardó en una gaveta sus ilusiones, su pensar y sus dudas, y decoró la habitación con sus deseos, sus fantasías y algunos buenos momentos, en su diario omitió las fechas y anotó frases y palabras de amor que le dijo un día, se aseguró de no mostrar su escote y su maquillaje cambió de tono, guardó sus vestidos y los dejó empolvarse.
Los días para ella fueron empeorando, las telarañas adornaban aquel cabello cuyo brillo y aroma a flores del campo había desaparecido, su piel la cubría una capa gruesa de polvo donde los ácaros se instalaron hacía mucho corroyéndola, su vestido naranja y amarillo se volvió gris y desteñido, olvidó como era su rostro y con sus uñas crecidas hacia dibujos en la suciedad del piso. Ella no se había puesto tampoco más bella ni era feliz, de pronto dejó de entrar sonriendo y de detallarle su día.
Lloraba más que reía y su mirada perdió su luz, le tenía, más algo había perdido. Revisó su vocabulario y no encontró sus palabras, buscó en sus días y no halló más que todo aquello que había dejado de hacer.
Ella permanecía muda en el rincón, estaba casi ciega, había olvidado como hablar, pero no olvidaba lo que quería decir, de pronto había dejado de llorar, sus ojos estaban secos, su corazón también había cambiado y latía diferente.
Optó por la sordera para evitar desear oir aquellas palabras, su ceño se arrugó permanentemente y por más que se arreglaba no se veía bonita.
Ella empezó a cambiar, estiró las piernas sin temor a ser reprendida y movía sus pies entumecidos como tratando de despertarlos.
La vio entrar de nuevo llorando, más sabía que afuera había estado riendo, esta vez sus miradas se encontraron en silencio y recordó sus antiguas facciones.
Se ruborizó, el verse tan deteriorada le daba verguenza, se quitó algunas telarañas del cabello y sacudió el polvo de sus hombros. Ella la veía con las lágrimas bajando por sus mejillas, nudos pasaban por su estrecha garganta y permanecía inmóvil sin saber que decir.
Pasó a su lado evitando que sus piernas ahora estiradas le hicieran tropezar y huyó del lugar.
Ella encogió de nuevo sus piernas y se quedó pensando, dirigió su vista a todos lados buscando su esencia y no la halló, encontró solo restos de lo que alguna vez quiso y cientos de miles de caprichos cumplidos como de seguro los tendría un mago o el genio de la lámpara maravillosa. acariciaba como siempre sus manos frías y en extremo delgadas, tratando de darse calor.
Pasaron dias y ella no volvía, todo a su alrededor estaba polvoriento, apolillado y roto. Una tarde de junio la vio entrar de nuevo, con la alegría marchita, bañada en llanto pero no de desamor a él lo tenía, sino por eso que había perdido. Cerró la puerta tras ella con llave, jamás volvería a salir dijo, sus fuerzas se acabaron, su utilidad se menguaba y ya no habían mas cosas nuevas que complacer, ya no sabía que más hacer así que volvía.
Le costó reconocerle, parecía un bulto casi enterrado por el tiempo, todo estaba casi destruido tanto como lo estaba su interior, movió una librera que estaba a un extremo de la habitación, ratas, arañas y otras alimañas salieron despavoridas, y en el espacio vacío se instaló.
Una mirada fija y penetrante la incomodaba, levantó la cabeza dejando caer al suelo tierra y desconcierto, despegó sus párpados con fuerza hace tiempo había decidido no ver lo que de seguro otros veían, enfocó bien y la vio, estaba de cuclillas en el rincón justo frente a ella. Llevaba un vestido naranja amarillo y su cabello brillaba y despedía un aroma a flores del campo que inundó el lugar matando sin piedad al olor a rancio, humedad y olvido.
Ella al verle lo supo todo, no necesitaba explicación alguna, su sola presencia lo gritaba, nunca la había dejado de esperar, volvió a estirar las piernas y desentumeció sus pies, luego las rodillas, movió entonces sus brazos y empuñaba las manos y estiraba los dedos haciendo circular en ella de nuevo la vida.
Ella estaba allí con sus ojos muy abiertos y casi sin parpadear viéndolo todo, sentía miedo y esperaba la venganza empuñando en una mano los reproches y en la otra la burla.
Tal y como de detrás de la librera salieron bichos también salieron cuando ella se puso de pie, no dejó de sacudir su vestido hasta que vio de nuevo los colores, peinó con sus dedos su cabello hasta que estuvo sedoso otra vez. Sus primeros pasos fueron torpes y se cayó más de una vez. La vio fijamente mientras tiró al suelo la vieja decoración y la vio aun más profundamente cuando sacó de la gaveta sus ilusiones, su pensar y sus dudas.
Ella la veía horrorizada cuando se maquilló y se puso aquel vestido con el que se veía tan hermosa. Lo limpió todo, se dehizo de aquello que le causaba pesar empezando por las cientos de miles de complacencias y en su lugar juró que pondría los trofeos de sus propios anhelos.
Ella entonces reaccionó, le tomoó el tiempo necesario, a punto estuvo de convertirse en presa de sus temores mismos infames que ya le habían capturado una vez.
Se levantó entonces, impidiendo que saliera por la puerta lo que comprendió en ese momento era lo que necesitaba, aquello que había perdido. En ese mismo instante se fusinaron y se escuchó una sola voz prometiendo jamás abandonarse de tal manera.

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