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martes, 2 de octubre de 2012

El Mensaje en la Servilleta

Las risas se acabaron de pronto, el silencio llenó cada uno de los espacios vacios de la habitación, nadie decía nada, aunque sin duda todos tenían mucho que decir en ese momento.
Nada, no se oía nada, tan solo la respiración de todos al unísono que entre cortos y largos suspiros le daban cierta melodía al silencio.
Ahí estaban todos viéndose los unos a los otros, cada uno tratando de encontrar al culpable, al malhechor que había causado tan trágico momento. Todo se lanzaban acusadoras miradas como puñales. Pobres ignorantes si tan solo supieran que todos, que cada uno tiene parte de culpa en todo esto.
Parecían estar pegados al suelo, estatuas inmóviles que rodeaban la escena, escena lúgubre, triste, incomprensible. Pocos fueron, solo algunos los que intentaron decir algo, pero casi al instante apresaron sus labios con su mano izquierda y evitaron que palabra alguna saliere y aguantándose las náuseas de opinión impidieron que el vómito de la verdad brotara de sus bocas.
Salir de ahí sería como huir cobardemente pensaban, pero quedarse era tan difícil ante aquello que sus ojos no podían dejar de observar.
Las copas en la mesa unas llenas otras ya casi vacías, el plato fuerte servido, intacto enfriándose.
Habían perdido el apetito, las ganas de reír y aquel ambiente de armonía de la reunión también se había perdido. Los caballeros había dejado su actuar petulante y aires de intelectualidad dejaron por un instante de sentirse los dueños del mundo, las mujeres de finos vestidos de seda y terciopelo, que lucían costosas joyas que brillaban igual o quizás más que las estrellas del firmamento de aquella noche, perdieron su glamur, dejaron de ser por un instante las mujeres más bellas.
Todos eran ahora simples, gente común y corriente como la de afuera, insignificantes, culpables.
Poco a poco, uno por uno se fue sentando de nuevo a la mesa, sin decir nada solo intercambiando miradas. La comida esta fría y el vino ya no sabía igual, no lo notaron pero ya había pasado mucho tiempo.
Las sillas se fueron llenando hasta dejar una sola vacía, vacio que llamaba la atención de todos que fija, disimuladamente y de reojo veían por ratos. No comían estaban allí inmóviles igual a como estuvieron por mucho tiempo parados junto a la escena, junto a la ventana.
Un temblor sacudió el salón y acabó con el silencio llenando de gritos el espacio, las copas se cayeron manchando de rojo el fino mantel blanco, el candelabro antiguo que pendía sobre sus cabezas baila al ritmo del fuerte sismo. Duró menos de medio minuto, pero ellos sintieron fue una eternidad, se quebraron cosas, se cayeron cuadros y adornos, el suelo cundido de escombros, ventanas con vidrios rajados, mujeres descalzas y hombres sin saco le daban el toque de desastre a la habitación.
Pasaron así unos cuantos minutos más hasta que una dama de largo cabello marrón, con una delgada figura, piel pálida y ojos color miel dijo:
¿Qué nos pasa a todos? ¿Acaso nos hemos vuelto insensibles?... ¡Debemos hacer algo!
Dijo esta última frase haciendo énfasis y somatando contra la mesa su delicado puño adornado con un anillo de oro con un sencillo pero costoso diamante en el centro y una pulsera en la muñeca de oro también regalo de su pasado aniversario de bodas.
La gente pareció reaccionar cuando la mujer dio el golpe a la mesa, eso los despabiló más que sus palabras, empezaron a escucharse murmullos, amigos, parejas, parientes, todos empezaron a hablar. No se entendía nada, las voces chocaban unas con otras, la gente, los invitados parecían tener vida de nuevo. El silencio había desaparecido dejando ahora en el lugar un mar de palabras incoherentes.
En media hora ya habían olvidado los sucesos anteriores y el ambiente de la fiesta poco a poco volvió. Las mujeres retocaron su maquillaje, peinaron sus cabellos y se calzaron de nuevo, los hombres se pusieron nuevamente los sacos, encendieron sus cigarrillos y llenaron sus copas.
La escena que los había silenciado fue cubierta de olvido, indiferencia, desinterés y una enorme cantidad de falta de compasión, todo esto la cubrió, dejando solo a la vista un volcán de cosas que era mejor no ver e ignorar.
La silla vacía que estaba en la mesa, fue ocupada más tarde por los sacos de los caballeros que quienes por el calor del licor o por el del baile se los habían quitado, así como las corbatas.
La única que permanecía aun quieta y callada, era la dama que había roto el silencio, ella en su asiento, en la mesa, con la comida servida en el plato y su copa llena, estaba inmóvil observándolos a todos.
Casi al final de la quinta balada, sacó de su bolso un delineador de ojos color negro, tomó una de las servilletas que el joven cuyo lugar estaba a su derecha no utilizó, uso de lápiz el delineador y de hoja la servilleta y empezó a escribir.
Nadie le prestaba atención, nadie, ni siquiera su esposo, él tenía una interesante charla con los señores, socios y amigos, quienes soltaban carcajadas cada cierto tiempo y chocaban sus copas en el aire, copas que no dejaban permanecer vacías mucho tiempo.
Terminó de escribir, algunas lágrimas corrían por sus mejillas ruborizadas con polvos color rosa, tomó la servilleta con las manos temblorosas, se puso de pie, vio a uno por uno, todos seguían en lo suyo, respiró profundo, afinó su garganta, bebió un sorbo de vino tibio de su copa y comenzó a leer lo que había escrito.
Leyó hasta la última palabra, leyó con fuerza, intentaba que sus palabras vencieran a la música, a las charlas, al murmullo y a las risas. Al finalizar se dio cuenta que nadie la escuchó, nadie le prestó atención, ahí estaba ella de pie, al lado de su lugar en la mesa, aquella mesa enorme y vacía.
Quizás no la escucharon o no la quisieron escuchar, quizás no la vieron o no la quisieron ver, quién sabe, el hecho era de que aquellas palabras que brotaron de su corazón no habían llegado a ninguna parte.
Vio nuevamente a uno por uno, esta vez algunas miradas se chocaron con la suya, pero no más de centésimas de segundo.
Empuñó la mano donde sostenía la servilleta con su mensaje, respiró nuevamente, acercó una de las velas que adornaban la mesa, quemó la servilleta y tras un portazo desapareció.
Portazo que nadie oyó, ausencia que nadie extrañó hasta mucho más tarde cuando notaron que ya eran dos las sillas vacías.
“Cuan dichosos son aquellos capaces de olvidar, capaces de no prestarle atención a cosas importantes, a la gente, a sus semejantes, cuan dichosos son de seguir adelante a pesar de saber que otros sufren, cuan dichosos son que ni la naturaleza les asusta, ni logra captar su atención por mucho, aun cuando los sacude con fuerza tratando de hacerles reaccionar, cuan dichosos son de
poder ignorarlo todo y seguir con la fiesta. Desdichados nosotros que no podemos hacer tales cosas y que fracasamos al tratar de cambiarlos a ustedes, ¡pobre de nosotros! ¿Qué nos queda? Alejarnos de ustedes o unírnosles e imitarles, ¡Yo ya he decidido!”

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