Pasar por aquella calle era un suplicio para muchos, durante años había sido conocida como "La Calle Empedrada" unas semanas atras fue rebautizada con el nombre de "La Calle de la Carnicería", yo en aquel momento no entendía el por qué del problema ni el disgusto de muchos por el nuevo negocio. A muchos niños, incluyéndome a mi nos despertaba la curiosidad, escuchabamos historias sobre el lugar, oímos decir que tenían cabezas de vaca y cerdos, que trozos enormes carne colgaban de un gancho y que vendían las víceras para hacer guisos, vivíamos en un pueblo costero en donde practicamente se comía solo lo que se sacaba del mar, muchas veces tratamos de escabullirnos y ver como era la famosa carnicería pero siempre fuimos pillados y reprendidos por tan grave acción.
Cada tarde mamá, mi hermano y yo ibamos al parque donde aprovechabamos a jugar mientras mamá vendía los dulces que había preparado en la mañana, la carnicería quedaba camino al parque y recuerdo como ella nos cubría los ojos con sus manos y nos apretaba la cara contra su vientre para evitar que vieramos el negocio al pasar enfrente.
A pesar de que muchos odiaban esa carnicería y que intentaron a toda costa cerrarlo, otros a su vez iban hasta dos veces al dia y siempre había gente en la puerta queriendo entrar.
El tiempo pasó y la carnicería creció, varias mujeres que antes se expresaron mal de ella consiguieron un empleo allí.
En casa empezaron los problemas cuando una tarde camino al parque mamá vio (yo también lo vi pero siempre lo negué) a papá en la puerta del negocio infernal, así lo llamaba ella.
Papa insistió en que fue a ver que era eso que tanto llamaba la atención, mamá estaba tan molesta que golpeaba las cosas que tenía cerca y luego se encerró en su habitacion y yo no entendía por qué tanto alboroto por echarle un ojo a la carne.
Todo esto hacía que mi curiosidad creciera y fue cuando cumplí 15 años, cinco años después de la apertura de aquel misterioso lugar que comencé a atar cabos, una tarde en casa, a pocos meses de que papá nos abandonara, le dije a mamá que intentaramos conseguir empleo, las carencias eran muchas y era necesario, sugerí que la carnicería sería un buen lugar, en tanto tiempo no dejó de tener clientes y aquellas personas que se habían empleado allí estaban muy bien economicamente. Mamá se negó y juró que moriría antes de hambre que ir a ese lugar y me lo prohibió a mí. Antes de terminar la convesarción me dijo:
¿Acaso has visto a alguien hacer una parrillada en todo este tiempo?
Pense muy bien en esa pregunta y la respuesta a ella era que jamás había visto ni un solo pedazo de carne ni cruda ni cocida. Y este pensamiento trajó otros como: por más que mamá nos tapara los ojos logramos ver algo, las paredes rojas con blanco y una puerta gris, pero nunca vi carne colgando es más jamás había visto al carnicero ni escuché comentarios de él ni su nombre. Me empezaba a resultar extraño la gente entraba y tardaba siempre horas en salir, parecía no importarles que la carne se arruinara, por las tardes las empleadas salían a la puerta y algunas se sentaban en la acera, jamás con gabacha, sin mallas que cubrieran su cabello y con ropas para nada acordes a la temperatura de un cuarto refrigerado donde ellas mismas decían trabajar.
La duda me llevó esta tarde noche a ver con mis propios ojos lo que sucedía allí, caminé por aquella calle a paso lento, eran las 6:30 pm el cielo se oscurecía, había gente alrededor y los que me reconocieron me saludaron.
Lo primero que noté fue algo que jamás había logrado ver, un rótulo que decía "Bienvenidos" con letras de colores llamativos. Aracely, una chica con la que estudié la primaria estaba en la puerta, me saludó y yo no podía creer que fuese ella, lucía muy bien aunque un poco destapada como diría mamá. Ella llevaba poco más de un año laborando allí y me hablaba de lo bien que se la pasaban y que a pesar del horario y de las tareas que había que realizar, valía la pena, y ahora podía ayudar a su madre a mantener a sus hermanos y a su padre enfermo. Después de charlar un rato, le dije estaba allí porque quería comprar carne, ella se me quedó viendo con sus ojos azules muy abiertos y me dijo en el oído "sigueme", tenía en mi mano el billete con el que pensé compraría un trozo de bistec, Aracely abrió la puerta y me invitó a pasar.
caminamos por un pequeño pasillo, Aracely venía detrás, se adelantó unos pasos y retiró con su mano una cortina hecha de canicas o eso parecían..
No se parecía para nada a las carnicerías de las que sabía y vi en fotografias, pero si era similar. La carne aquí no colgaba de ganchos de techo, aquí estaba sobre pequeñas mesas que parecían de vidrio o de algo parecido, la carne no estaba dentro del cuarto frío esperando que el cliente la eligiera, aqui la carne estaba afuera y era hasta que el cliente la elegía cuando la ponían en el cuarto. No había un mostrador al frente donde se puede ver que tipo de carnes hay y si tienen grasa o no o si esta fresca, suave o dura, aquí las muestras estaban por doquier y los clientes solo alzaban sus manos y podían tocar y elegir. El carnicero era el típico hombre rudo regordete, estaba sentado a un lado de una especie de vitrina donde contaba billetes mientras dentro de ella los clientes veían el mejor tipo de carne que ofrecía la tienda, pero este no estaba a la venta, era solo para ver y saborearse los labios.
Aracely se unió al desfile de muestras de carne y yo me quedé allí parado, sintiéndome un tonto aun con el billete en la mano.
Al salir de alli comprendí todo, durante años jamás lo pensé pero ahora analizándolo bien no hubo mejor sobrenombre para el lugar.
Volví a casa, nunca le dije a mamá que fui a la carnicería, pero sabía que ella lo supo esa tarde cuando volví, recuerdo que me senté junto a ella y la ayudé a preparar dulces que vendimos al día siguiente.

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